El día en que pensé que mi carrera en yates de lujo se había terminado

Hoy os voy a contar uno de esos momentos en los que he deseado que me tragase la tierra, o el mar, mejor dicho…

Una preciosa bahía del Caribe, maravilloso clima, y el viaje con los huéspedes, un grupo de jóvenes parejas, estaba yendo perfecto.

Todo perfecto hasta que, una mañana, una de las huéspedes, a la que llamaremos Ana, me pidió que organizase en secreto una velada romántica para ella y su novio ya que era su “9 meses aniversario” (hasta entonces yo no tenía ni idea de que existían los “meses aniversarios”…)

Desde ese mismo momento, me puse manos a la obra.

Les encargué a los chicos que fuesen a comprar las cosas que me hacían falta y monté en esa pequeña cala el escenario más bonito y romántico que podéis imaginar.

Estaba convencida que el novio le pediría matrimonio esa misma noche.

Muchas antorchas, una cama balinesa, una mesa para cenar a la que no le faltaba detalle, música romántica y champagne, mucho champagne…

El novio había salido esa mañana con sus amigos a “jugar al golf”.

Yo (consciente de lo que normalmente pasa cuando un grupo de chicos va solo a “jugar al golf”) me había encargado de advertir a sus acompañantes de que tenían que estar de vuelta antes de las 21:00, ya que su novia tenía preparada una sorpresa para él.

Mientras tanto, Ana, una increíble belleza sudamericana, vistió sus mejores galas y esperaba nerviosa la hora.

Nerviosa y tremendamente agradecida al ver el escenario de película que habíamos preparado para ella en tan poco tiempo.

En cuanto a mí, había dejado al cargo del yate a mi Segunda Azafata, mientras yo me aseguraba de que todo estaba perfecto en la playa.

Me había puesto además mi bonito uniforme de ocasiones especiales (sí, también tenemos uniformes “de gala”)

La hora se acercaba y todos estábamos listos y en nuestros puestos. ¡El único que faltaba era el novio!

Cuando a las 21:30 no habían llegado todavía (con la consiguiente mirada asesina que su novia tenía) le rogué al Capitán que por favor fuesen en su búsqueda. Estábamos en una isla minúscula y sólo había un club de golf.

No podía ser tan difícil encontrarlos.

Habría ido yo misma si no fuese porque estaba demasiado ocupada consolando a la pobre Ana, cuyo enfado, conforme iban pasando las horas, se convirtió en la desolación más absoluta.

Pasadas unas cuantas horas, y harta de esperar, nos pidió que lo desmontásemos todo y nos fuésemos.

Ella se metió en el camarote a llorar y llorar toda la noche.

Yo, muy preocupada, ya que ni siquiera nuestros tripulantes habían vuelto, ya me imaginaba todos los peores escenarios posibles.

Finalmente, a las 5:00 am, ya a punto de caer rendida, aparecieron; tripulantes y huéspedes.

Y en fin, toda esa preocupación acumulada durante horas pensando que algo malo les había pasado, se convirtió en ganas de matarlos a todos, ¡Capitán incluido!

¡Llegaron en un estado digno de haberse bebido todo el ron que existía en el Caribe!

El novio, aún borracho como una cuba, era consciente de que mejor ni acercarse a su camarote.

Me dijo que dormiría en el sofá y que por favor me quedase por ahí cerca porque estaba “enfermísimo” y todo le daba vueltas.

Yo, que en ese momento tuve que autocontrolarme mucho para no cantarle las cuarenta en nombre de mi pobre Ana, hice de tripas corazón, y allí me quedé.

Os podéis imaginar la mañana siguiente.

La tensión entre las chicas y los chicos se podía cortar con un cuchillo.

Ana, nada más despertar, me pidió que preparásemos su avión privado, que se iba.

Según tengo entendido, la pareja ha vuelto, seguramente después de unas cuantas disculpas, ruegos, (y diamantes) por parte del novio…

¡Espero que este post os haya gustado!

No dudéis en visitar www.starfishcrew.com si vosotros también queréis vivir experiencias como esta.

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